Diario

Lunes 13-7-2020

El tímido, o digámoslo ya, el neurótico, se siente como una impertinencia ontológica. Su sentimiento de inadecucación es antiguo, suele acompañarle desde temprana edad, no entiende el sujeto todo el tumulto que le rodea. Todo el aplomo del mundo adulto, sus gritos, deshinibición e impune irreflexividad. No obstante, es el tímido, en su prudencia, quien se siente fuera de lugar. Más tarde, demasiado, se dará cuenta de que en realidad hay algo que no encaja en el comportamiento general: hay una extraña duplicidad entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se aparenta y lo que se es.

Para un tímido, una típica experiencia infantil es la de una serie de adultos que se agachan sobre él o ella, comportándose como imbéciles que se dirigen a otro imbécil. Aunque ésta debe ser una experiencia universal no todo el mundo lo sufre como una intrusión igualmente intensa.

El tímido, en tanto que neurótico, y por tanto, pequeño loco, padece la misma maldición (semejante a la de Casandra) de todas las razas de locos, a saber, albergar un pequeño pedazo de verdad incómoda, que resulta invisible a la mayoría de los «cuerdos». La mente-tímida tiene muchas verdades que ofrecer a una sociedad enloquecida como la nuestra.

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Viernes 10-7-2020

Por lo general los tímidos son buena gente, confiable y leal. Por supuesto hay excepciones. Lo que está claro es que no son los causantes de los grandes males del mundo: no son los que arrastran a los pueblos a guerras y matanzas, ni protagonizan estafas multitudinarias que conducen a crisis mundiales.

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Jueves 9-7-2020

Un tímido en sus relaciones con grupos de familiares, de compañeros (de clase o trabajo) o de amigos se ve frecuentemente abrumado por su entorno. Para él, como diría Shakespeare, “la vida (…) es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”. Por tanto, se podría pensar que la mente del tímido, dada su tendencia a verse abrumada, desbordada, no es la más indicada para ocuparse de asuntos como los que aquí pretendemos tratar. Pero para los antiguos griegos el asombro era el comienzo de la filosofía y, por tanto, del conocimiento.

El tímido percibe al grupo en contrapicado, por así decir, fuera del meollo donde se toman las decisiones. Pero precisamente por no estar implicado en el devenir del grupo, dando como da un paso atrás, desde dicha perspectiva, resulta un observador privilegiado. Con poco esfuerzo se da cuenta, dada su especial sensibilidad de la que carece el extrovertido, de que los grupos rara vez se guían por lo más ético y razonable, sino por el equilibrio de poder que domina el grupo.