Considerciones intempestivas XII: La Guerra de los Mundos II

La patraña
La gente se creyó la patraña de mi «cuarta intempestiva de urgencia» como se creyó la locución radiofónica de Orson Welles en la que afirmaba que nos invadían los marcianos. En este último caso se trataba de una ficción que provocó pánico para, tras el engaño, generar alivio. En mi caso es al revés: os di una esperanza para, tras el engaño, generar una alerta necesaria. Café cargado y adrenalina frente a la hipnosis institucional: el descubrimiento de que el sistema no tiene frenos morales pese a lo que nos diga «el relato oficial». ¿Por qué hubo gente que se creyó el engaño según el cual el vicepresidente y otros miembros de la administración Trump intentaron emplear la Enmienda 25 para destituirlo? Porque mucha gente quiere creerlo, lo ve como algo natural, de sentido común: lo normal sería que si la democracia tiene una herramienta para ello, se destituya de la presidencia a un loco psicópata incapaz de gobernar en pos del bien común. Pero no es así. ¿Por qué las cosas no funcionan así?

El trastorno del poder
La clave aquí es que a los poderes fácticos (económico, militar, de inteligencia, etc.), plagados de perfiles narcisistas y psicopáticos, no les ofende la «maldad» de Trump, les ofende su falta de oficio. Es un «chapucero» del dominio: es incapaz de mantener el simulacro. Por tanto no es que no sientan la tentación de aplicar la Enmienda 25, es que no se lo pueden permitir. Desalojar a un líder por su naturaleza narcisista o su carencia de empatía sería activar un mecanismo de limpieza que terminaría señalando a toda la estructura de mando. Si no poseer dichos trastornos fuera un requisito para el cargo, las cúpulas del Dominio quedarían desiertas. El sistema no purga al psicópata porque el sistema está construido a su imagen y semejanza; hacerlo sería una forma de suicidio institucional. Es muy importante enfocarse en que estos rasgos tan corrientes en los núcleos de poder son trastornos. Como también es muy importante entender por qué no se los considera como tales, por qué se los normaliza. Y es que el mejor truco del diablo es hacer creer que no existe.

La normalización de la patología del poder
En nuestro mundo, ser despiadado no es estar enfermo; es ser «eficiente». Hemos aceptado un modelo de éxito que premia al depredador y castiga al empático. La bondad es estupidez, la malicia es astucia. El que puede mentir y ser cruel sin ansiedad y con aplomo, parte con una gran ventaja. El relato del poder ha permeado tanto que la visión cínica (en el sentido moral, no filosófico), individualista y rapaz de la sociedad se acepta como la única «realidad» posible, como «sentido común». Para blindarse, el relato dominante ha colonizado incluso la ciencia. El DSM-5 no es solo el principal manual de psiquiatría, es un escudo político. El DSM diagnostica TPA (a veces llamado “sociopatía” en el lenguaje común), mientras que la psicopatía de Hare (el referente mayor en este campo, con su PCL-R) no figura como etiqueta diagnóstica DSM y no se reduce al TPA. Y no es un matiz académico: el TPA se parece demasiado a una clasificación socio-penal (lo que haces, lo que incumples, lo que delictivizas), mientras que Hare apunta a lo más clínico y más inquietante: la frialdad afectiva, la ausencia de culpa, el encanto sin empatía, el cálculo sin freno. Cuando el rótulo oficial mira solo la conducta, el depredador que sabe comportarse pasa por normal. Al diluir la psicopatía y poner en duda su condición de «trastorno», el poder ha logrado que sus rasgos más distintivos —la falta de escrúpulos, el egoísmo extremo, la manipulación y la competitividad feroz— dejen de ser síntomas para convertirse en indicadores de excelencia.

El método
El método intempestivo que propugno no es descriptivo ni predictivo sino la intervención performativa: al hablar de la conexión entre el poder dominante, la perversidad y ciertas patologías mentales, ya estoy contribuyendo a cambiar la realidad. Vosotros mismos al leer esto y compartirlo con otros ya estáis cambiando la realidad. Esta estrategia es la que usa el poder dominante para su «hipnosis institucional», «relato hegemónico» o «simulacro», a saber, la hiperstición (la creencia que crea la realidad). Pues bien, hiperstición contra hiperstición. Pero una hiperstición, la nuestra, que informa y emancipa contra una hiperstición, la suya, que engaña y oprime. Y es que si una hiperstición es una creencia que cambia la realidad no implica que la creencia sea falsa y engañe, pues saber la verdad, cuando se vive en un engaño dominante, libera. Ya decía Platón que la maldad era la ignorancia y la visión de la luz de la verdad la que liberaba al esclavo de la caverna.

Hiperstición contra hiperstición y cinismo contra cinismo. Pero cuidado, nuestro cinismo es cinismo filosófico, el de Diógenes que buscaba un hombre honrado con un candil encendido en pleno día. Es el cinismo que desenmascara la hipocresía del poder y del «sentido común» dominante. Mientras que su cinismo, el del dominio, es el cinismo moral, este sí compatible con la hipocresía, que sostiene que la injusticia es ley natural y que no hay sociedad sino individuos compitiendo unos contra otros. La hiperstición del cinismo moral tiene la propiedad de que, cuanto más gente se la crea, más miserable es la sociedad: más inmoral y desigual. Por eso es urgente refutar tal creencia falsa, la creencia falsa de que no hay gente buena y honrada.

La guerra cultural
Desde hace milenios hay una guerra silenciosa y larvada por la hegemonía cultural, es una guerra sin armas entre el poder opresor (hybris) y la resistencia natural del pueblo (Némesis), su resultado es un armisticio, constantemente renegociado, llamado «sentido común». Es el relato contradictorio que nos permite convivir con lo intolerable sin que el sistema colapse. En el pasado esta guerra por «el alma del pueblo» lo protagonizaban las religiones que, invariablemente, fomentaban la resignación ante el poder (o el martirio frente a invasores «paganos»). Actualmente este armisticio impone un doble vínculo esquizofrénico: se nos obliga a creer en la democracia, los derechos y el bien común mientras, simultáneamente, se nos entrena para aceptar que la injusticia es «ley natural» y que la sociedad no es más que una jungla de individuos compitiendo a muerte por privilegios. Es el oxímoron que sostiene el simulacro: un estado de derecho democrático que premia el privilegio del depredador.

Hegemonía y normóticos
Este armisticio del «sentido común» no se sostiene por la fuerza, sino por la hegemonía de una patología silenciosa: la normosis. El normótico, aunque mayoritario, no es un ciudadano equilibrado; es alguien que padece una búsqueda obsesiva por la adaptación social hasta el punto de la automutilación mental. En su afán por encajar en el molde del sistema, pierde su propia subjetividad, su capacidad de pensamiento crítico y su hondura mental. El normótico no piensa la realidad; es pensado por el relato dominante, es una creación del poder, fruto de una hiperstición: si la gente cree que necesariamente el mundo es injusto y desigual, contribuye a crear efectivamente un mundo más injusto y desigual, ya sea por acción o inacción. Y esto justamente es lo que le conviene al dominio que se piense. De este modo los oprimidos se enfrentan unos a otros (o permiten el abuso de los opresores) y no intentan unirse contra quien les oprime a todos. Se acepta la desigualdad entre una minoría privilegiada y una mayoría oprimida como un destino inevitable.

El gradiente de la perversidad
Por lo anterior podemos descartar el modelo maniqueo: la sociedad no se divide en buenos y malos. Pero hay que evitar el error opuesto y más común (muy extendido entre la gente): que no hay buenos ni malos y todos estamos en un «terreno gris». La realidad es más compleja que ambos reduccionismos: hay gente verdaderamente perversa y gente auténticamente bondadosa, aunque son una minoría. La mayoría estamos en grados intermedios, más cercanos a uno de los dos extremos o al núcleo normótico. En una distribución normal (campana de Gauss), que podemos llamar «gradiente de la perversidad», en el eje negativo se situarían los que poseen una mayor bonhomía, formando una asíntota con el eje de las ordenadas según nos desplazamos hacia la izquierda, mientras que en el extremo positivo, formando la asíntota opuesta a medida que nos desplazamos hacia la derecha, se sitúan los agentes patógenos del dominio: los poseedores de la Tríada Oscura (psicopatía, narcisismo y maquiavelismo). En la parte más extrema se sitúan los psicópatas puros. Estos sujetos, que apenas representan un 1% o un 2% de la población tienen un impacto en la sociedad desproporcionado. Por eso hablo de «agentes patógenos», porque enferman a la sociedad desde sus víctimas directas a las que quiebran psicológicamente (neuróticos, esquizofrénicos, etc.), excluyéndolos y medicando, hasta aquellos que «normotizan» (que también tienen un carácter patológico) y usan como instrumentos de dominio. Que conste que esto no es algo planificado y consciente sino la distribución normal de la población si no se aplican medidas de corrección y limitación de los elementos patógenos. Mientras no se haga esto último sólo estaremos tratando los síntomas pero no la enfermedad. Y sí, la sociedad está enferma pues, la mayor parte de ella, la que se sitúa en la cúpula de la campana de Gauss, sufre de «normosis». Además, esta cúpula normótica conforma la masa crítica que decide el destino de la sociedad: son los que permitieron el ascenso del nazismo en la República de Weimar, pero también los que, en momentos de crisis de poder, sirven como catalizadores semipasivos de las revueltas o incluso de las revoluciones. Es el «centro» moralmente amorfo al que se dirigen los partidos políticos: la masa crítica de los normóticos. Quien los controle controla a la sociedad entera pues son ellos la «inquisición» que fiscaliza y denuncia la no-normalidad.

La paradoja de la cordura
Ya lo advirtió John Lennon en una entrevista para la BBC (programa “Release”) el 6 de junio de 1968 (entrevistador: Peter Lewis): “Pienso que nuestra sociedad la dirige gente demente con objetivos dementes; y lo más demencial es que por decirlo me tomarían por loco”. Es el triunfo del doble vínculo: el poder no solo es psicopático, sino que tiene el monopolio de definir qué es la cordura. Por eso aceptamos la mayor de las aberraciones: exigimos aptitud mental, destreza y sobriedad absoluta a quien conduce un autobús o pilota un avión, pero permitimos que la incapacidad ética y la psicopatía sean los rasgos distintivos de quienes pilotan el destino de la humanidad.

El mundo del derecho
No quiero, como Welles, alarmar a la población para que huyan de unos marcianos imaginarios. Lo que pretendo es hacer ver que el mundo ya está patas arriba: la sociedad y la psiquiatría revictimizan a las víctimas de abuso (señalándolas y medicalizándolas) mientras normalizan y premian a los abusones patológicos.

Digámoslo de un modo poético: lo que yo pretendo es ponerlo todo patas arriba para dejarlo del derecho. Arrancar las máscaras del poder abusivo. Volver locos a los «cuerdos» y cuerdos a los «locos». Quédense con el espíritu de lo que digo y no lo lean literalmente.

Publicado por posposmoderno

Dada mi timidez nada tengo que contar sobre mi.

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