I. La Bomba. En mis anteriores entregas anunciaba que el uso de armas nucleares dejaría de ser un tabú para la administración estadounidense. Los hechos recientes confirman que la opción nuclear estuvo, efectivamente, sobre el mantel en el Despacho Oval respecto a Irán. No como último recurso, sino como una herramienta de negociación más en la mente de quien confunde la geopolítica con un reality show.
II. La anomalía de Mar-a-Lago. Debo reconocer un «desajuste» en mi predicción sobre el bloqueo del crudo hacia China. Mi análisis partió de la idea de que existía una planificación racional detrás del bombardeo a Irán: supuse que Trump seguiría un plan estratégico para ahogar energéticamente al gigante asiático. Pero no conté con la Contingencia del Déspota: el «cualquiercosismo» del Narciso naranja. La peligorsa imbecilidad de quien se cree un genio.
Trump decidió iniciar las hostilidades contra Irán desde Mar-a-Lago, rodeado de aduladores, sin el «obligado» paso por el Congreso y lejos de los centros de mando, sin un objetivo claro. Cuando un psicópata impulsivo golpea el tablero sin mirar las fichas, las consecuencias económicas (el cierre del Estrecho de Ormuz) se convierten en un problema sobrevenido para él mismo, no en una herramienta táctica.
III. Niño no toques ese botón: Psicópata frena a Psicópata. ¿Por qué no se usó finalmente la Bomba? No fue por un repentino acceso de ética humanitaria. Fue por la intervención del «Estado Profundo». Es una ley de la selva social: nada detiene a un psicópata salvo otros psicópatas más inteligentes.
Los sectores de inteligencia, el alto mando militar y las élites financieras —plagados de perfiles psicopáticos pero racionales— comprendieron que un bombardeo ciego no servía a los intereses estratégicos de EE.UU. Acorralaron al narcisista. Le explicaron que destruir el mundo no es lo mismo que poseerlo.
IV. La paradoja de Ormuz. Solo una vez asesorado, Trump comprendió lo que yo predije originalmente: que el único valor real de su agresión era cortar el flujo a China. Pasamos así de la farsa de «abrir» un estrecho que ya estaba abierto, a la intención de cerrarlo selectivamente. El déspota imbécil quiere salvar la cara.
V. Conclusión: El agotamiento de la Trumpología. Por el momento podemos aparcar las «Trumpologías de urgencia». El sujeto ha dejado de ser una «caja negra» impredecible para convertirse en un narcisista predecible y agotado. Sus trucos de gaslighting geopolítico ya no sorprenden; su voluntad de poder se ha revelado como un berrinche circular que solo busca alimentar un ego que, por definición, está hueco.