Ahora que parece que no pasa nada, «alto el fuego» incluido, es cuando hay que estar más atento: precisamente cuando no ocurre nada en el escenario es cuando «el mago» nos distrae con una mano para engañarnos con la otra (prepara el praestigium). La actividad es larvada, fuera del escenario, es decir: «ob-scena». La «no-urgencia» es el mejor camuflje de la urgencia.
- Cuba
Lo que el público ve: apagones, presión desesperación. supervivencia, falta de crudo, hambre…
El relato: EE.UU., el «democratizador faro del mundo libre», va a salvar a los cubanos de la dictadura.
La obscena realidad: a USA no le interesa para nada la democracia en Cuba, acaso le interesa poner un gobierno títere y acabar con el símbolo de la resistencia Cubana (aunque las motivaciones «cualquiercosistas» de Trump no suelen incluir planificación estratégica sino que tienen más que ver con su ego caprichoso, irreflexivo y ciego ante la asesoría técnica). Con Trump siempre se estropea «el truco», «el simulacro» (el praestigium) se cae a pedazos cuando el conejo salta de la chistera antes de tiempo.
Lo que no va a ocurrir: ni los cubanos en general, ni siquiera la oposición, van a aprovechar para enfrentarse al régimen castrista y lanzarse a los brazos de unos EE.UU. salvadores de la democracia. La asfixia y la presión a Cuba no ayuda, ya nadie cree a TACO-Trump, ni los más férreos cubanos anticastristas, ni siquiera los propios miembros de MAGA. No va a ocurrir, como tampoco ocurrió en Irán, en la que la oposición tampoco vio en los bombardeos de EE.UU. oportunidad. Y es que el «rey naranja» ni siquiera se preocupa porque no se vean sus cartas sobresaliendo de sus mangas. Cuando toca decir «democracia» a Trump se le escapa «petróleo». Su impericia para el simulacro es mayor que la del mismísimo Bush hijo.
El palo y la zanahoria: mientras Washington estrangula y deja sin crudo a Cuba le ofrece, al mismo tiempo, una «ayuda humanitaria» de 100 millones de dólares. La isla caribeña, por su parte, pone por escrito una línea roja: solo aceptará si la ayuda se canaliza conforme a prácticas y normas humanitarias internacionales (lo que suele implicar transparencia, neutralidad, no instrumentalización política, etc.). A la vez, Díaz-Canel calificó la oferta de “inconsistente y paradójica” y añadió que Washington podría ayudar más levantando sanciones; Cuba dijo que priorizaría combustible, alimentos y medicinas. Pero Trump ya no es fiable, lo único que ha demostrado es que no le importan las vidas humanas con lo que, para alguien que posee el botón nuclear, resulta intimidante, pero esa intimidación es inútil para alguien incapaz de canalizarla económica, política y diplomáticamente. - Líbano
Lo que el público ve: Papeles firmados en Washington, anuncios pomposos de tregua y apretones de manos diplomáticos. El supuesto regreso de la negociación seria.
El relato: El «Gran Negociador» Trump consigue pacificar la frontera norte de Israel; el gobierno oficial del Líbano se compromete a poner orden y desarmar a las milicias.
La obscena realidad: El acuerdo es una trampa lingüística. Se firma la paz con el gobierno oficial del Líbano (que carece de poder militar real en el sur del país), mientras se deja fuera a Hezbolá, que es el actor que realmente combate. Al mismo tiempo, la letra pequeña le garantiza a Netanyahu el «derecho intrínseco a la defensa propia». El resultado es una aberración: Israel puede seguir bombardeando Beirut o Tiro alegando que no ataca al Estado libanés, sino a las milicias. Las bombas caen bajo el paraguas legal de un tratado de paz.
Lo que no va a ocurrir: No va a ocurrir una pacificación real ni el desarme de las milicias por decreto de oficina. El Líbano no va a convertirse en un protectorado dócil. Israel no busca la estabilidad; busca ganar tiempo, reabastecer sus arsenales tras meses de desgaste y minar al enemigo bajo un radar diplomático limpio.
La zanahoria y el palo (al revés): Si con Cuba la estrategia es estrangular primero y ofrecer la limosna de la ayuda humanitaria después (zanahoria), aquí se invierte el orden del truco: primero el «mago» te enseña la zanahoria de un «alto el fuego» de 45 días para que el público se relaje y aplauda, mientras prepara la invasión permanente. Un doble vínculo tan inconsistente y paradójico como el que denunciaba Díaz-Canel. - Gaza
Lo que el público ve: Noticias breves en las páginas interiores de los diarios. Cifras de dos dígitos de muertos diarios que ya no abren los informativos. Titulares grises sobre «operaciones de limpieza de focos insurgentes». El horror convertido en burocracia.
El relato: Que la fase crítica ha pasado, que la situación está bajo control y que la comunidad internacional está centrada en la arquitectura geopolítica regional para evitar una guerra mayor. Gaza ya no es una urgencia; es un problema crónico de gestión humanitaria.
La obscena realidad: El genocidio no ha terminado, solo ha cambiado de ritmo. Se ha pasado del bombardeo espectacular al exterminio por goteo y por asfixia calculada. Se destruye lo que queda de las infraestructuras sin hacer ruido, se bloquea la entrada de calorías exactas para mantener la desnutrición al límite de la muerte masiva sin generar hambrunas fotogénicas, y se consolida la partición militar del territorio. Es una guerra de desgaste biológico y material.
Lo que no va a ocurrir: No va a ocurrir ningún «día después» con una reconstrucción soberana ni el regreso de los desplazados a sus tierras. No va a haber un Estado palestino naciendo de los escombros bendecido por la ONU. Lo que se diseña bajo el radar es un mapa definitivo de exclusión y confinamiento absoluto, donde la vida gazatí sea materialmente inviable. En su lugar planean fabricar un resort vacacional.
La burocratización del horror: El sistema ha descubierto que para cometer una atrocidad ante los ojos del mundo no hace falta apagar las cámaras; basta con matar buenos periodistas, comprar a los malos periodistas y convertir la información en propaganda aburrida. Al desviar los focos hacia las complejas negociaciones del Líbano o Irán, Gaza cae en el punto ciego del planeta. Se trata de gestionar la indignación hasta disiparla por aburrimiento.
[CONTINUARÁ]