1. La Privatización de la Verdad
La red no nació como lo que es hoy. Si la primera etapa de la anomalía digital fue, como ya dijimos, la de la utopía descentralizada, el ágora de las redes (la revelación de las mentiras de la guerra de Irak y la crisis del 2007/2008 —las primaveras árabes, el 15M, Occupy Wall Street), la segunda etapa, la privatizadora, fue el asalto de las élites a la conciencia colectiva, la toma de internet. Dejó de ser una herramienta de comunicación horizontal que desvelaba mentiras para convertirse en una de control vertical que manipula. El uso de las redes para fomentar «revoluciones de colores» de arriba a abajo (la Revolución de las Rosas en Georgia en 2003, la Revolución Naranja en Ucrania en 2004, la Revolución de los Tulipanes en Kirguistán en 2005, etc.) fue el experimento definitivo: Washington (y la CIA) creyó haber descubierto una nueva tecnología para gestionar la voluntad de los pueblos sin necesidad de ejércitos. Abrieron la Caja de Pandora del control social mediante las redes (lo que luego se les volvió en contra).
2. El hostigamiento a Rusia: Euromaidán y la Nostalgia de Bandera
El Euromaidán de 2014 no fue un suceso espontáneo (de abajo a arriba), sino la culminación de este asalto geoestratégico (astroturfing). Para fracturar definitivamente la órbita de influencia rusa, Occidente no dudó en desenterrar los fantasmas más oscuros de la historia ucraniana: la nostalgia neofascista de Stepan Bandera (es importante aclarar que el movimiento fue complejo: también hubo protesta legítima, hambre de futuro y, por supuesto, vanguardias nacionalistas radicales que empujaron el marco). Se utilizó este nacionalismo reactivo y violento como punta de lanza para purgar la Ucrania rusófila del Donbás y convertir al país en una plataforma de misiles apuntando directamente al corazón de Moscú.
No se trataba de «democracia», sino de estrangular a Rusia con un avance de la OTAN. Al forzar a Ucrania hacia una identidad excluyente y militarizada, el bloque atlantista rompió los acuerdos de seguridad de la posguerra fría, empujando a Rusia a un callejón sin salida. Lo que no calcularon los ingenieros de Washington fue que el Kremlin, lejos de rendirse, decidiría usar esa misma Caja de Pandora del control social para devolver el golpe, pero esta vez, inoculando el virus de la desconfianza y el caos directamente en las venas de las democracias occidentales.
3. El momento populista: el contraataque ruso
El Kremlin comprendió que podía usar esta misma arma contra «el gigante» atacando su bien más escaso y preciado: prestigio y credibilidad. Sin embargo, Rusia no necesitó inventar las grietas; el momento populista ya se estaba cocinando en las redes desde la primera etapa de la anomalía digital (el ágora). Las iniciativas populares ya habían desvelado las mentiras de Irak y el relato de las élites financieras que culpó al pueblo de una arquitectura de deuda que ellas mismas habían diseñado en la crisis de 2007-2008. También desenmascararon el fraude de la deuda en el seno de la UE (haciendo pagar al pueblo los desmanes de los bancos).
Empleo aquí, «momento populista», de un modo semejante a Chantal Mouffe, como la pérdida de confianza en gobiernos e instituciones con la consiguiente ruptura del viejo mapa derecha/izquierda e irrupción de un eje nuevo arriba/abajo—pueblo vs. élite— en el que la élite es la causante de los males del pueblo.
El mundo ya sabía que las instituciones globales (OTAN, FMI, BM) mentían; lo que hizo Rusia fue recoger ese descrédito populista y darle un uso geoestratégico. Pero sembraron dudas más hondas: la atmósfera de la teoría de la conspiración [que conste que no uso aquí, como a menudo se hace, «teoría de la conspiración» como sinónimo de teoría falsa y descabellada, pues no siempre es así]. Señalaron la existencia de un estado profundo que manejaba las llamadas «democracias del mundo libre», un sistema financiero y bancario corrupto que tenía a las instituciones en el bolsillo. Incluso se atrevieron a recordar que el 11 de septiembre de 2001 hubo un tercer edificio del WTC (concretamente el nº 7) que cayó sin haber sido impactado por ninguno de los dos aviones que atentaron contra las torres gemelas. Comenzó la pornopolítica: las redes permitieron, como nunca antes, que todos los bandos filtraran las vergüenzas de los demás.
Operaciones de influencia rusas (con granjas de trolls y cuentas coordinadas desde San Petersburgo) amplificaron dichas teorías conspirativas y fracturas sociales que incluso favorecieron la llegada al poder de Trump en su primer mandato (cuestión que está bastante acreditada). Tras la fase de amplificación llegó la de intervención. Una vez sembrado el virus de la desconfianza total, Rusia pasó a la manipulación directa para favorecer gobiernos antiglobalistas, nacionalistas y autocráticos. Alimentaron la fascistización de Occidente para romper la cohesión europea y atlántica y, simultáneamente, fomentaron el «nuevo socialismo» populista en el patio trasero de EE. UU. El objetivo era una pinza geopolítica: obligar al Imperio a mirar hacia un sur emancipado mientras perdía el control en el norte y en Oriente Medio (recuérdese que Rusia tiene una base militar en Siria -ahora la situación ha cambiado bastante-). El producto final de esta operación de demolición controlada es, como ya he dicho, Donald Trump: un caballo de Troya aupado por la narrativa del caos, el «tonto útil» de Putin para ejecutar desde dentro el desmantelamiento de la Unión Europea y la OTAN.
4. El descenso al Tecnofascismo: Los nuevos señores feudales
Al intentar capturar la red para convertirla en un arma, el bloque atlantista no sólo abrió la Caja de Pandora, sino que entregó el poder a una nueva casta: los Barones del Silicio. En esta etapa de la anomalía, el Estado-nación empieza a ser un estorbo para el capital tecnológico. Figuras como Musk o Bezos ya no son meros empresarios; son señores feudales con más poder incluso que los países: son los arquitectos de una Internacional del Fascismo Neoliberal.
Estos nuevos señores de la guerra digital fomentan que el odio y las amenazas circulen sin filtro. No es un error de moderación; es un diseño deliberado para erosionar el tejido social. Los estudios sobre la deriva de X (antes Twitter) desde la adquisición de Musk son demoledores: muestran un giro radical hacia la ultraderecha, donde la impunidad para los delitos de odio funciona como incentivo para una radicalización en cadena. A esto hay que añadir el uso masivo de granjas de trolls, cuentas automatizadas y bots coordinados bajo el mando de grupos de influencia, think tanks, etc.
5. La fragmentación del bloque: El fin de la Pax Atlántica
La consecuencia geopolítica de este virus inoculado es la autofagia de Occidente. El repliegue nacionalista-autocrático, alimentado por el descontento real y la ingeniería digital rusa, está devorando desde dentro las estructuras de la posguerra. Vemos cómo la OTAN se convierte en un cascarón vacío de propósitos contradictorios y cómo la Unión Europea se deshilacha ante el ascenso de soberanismos que prefieren el orden cerrado de la autocracia a la apertura —ya inexistente— del liberalismo.
El bloque occidental ya no es un bloque; es un archipiélago de intereses enfrentados. Al perder el monopolio de la «Verdad» y del relato, el Gigante ha perdido su cohesión. Mientras Washington está perdiendo la guerra económica y los nuevos tecnócratas feudales acumulan más poder que los gobiernos, el mapa de la influencia atlántica se desmorona. Lo que queda no es una democracia defendiéndose, sino un ecosistema de vigilancia feudal que se prepara para sobrevivir a la caída de su propia hegemonía. Conviene recordar que la última válvula de escape del capitalismo cuando entra en depresión es el fascismo.