En anteriores intempestivas hablé de que el único interés que veía tras el inicio de esta guerra desnortada —en la que EE. UU. se está empantanando— era dar un jaque a China. Pero ni siquiera eso está funcionando: Irán está dejando pasar los barcos chinos (¡y los españoles!) por el Estrecho de Ormuz. Parece más probable que, como sugirió Marco Rubio, Trump decidiera entrar en guerra inducido por Israel.
No hay nadie al volante. EE. UU. no tiene una agenda para un conflicto en Oriente Medio; Israel, en cambio, sí la tiene: aprovechar el caos para anexionarse el sur del Líbano, tomar Gaza y, por qué no, avanzar sobre Jordania.
Trump, aislado de sus críticos y rodeado de «cortesanos» y «petimetres» —pelotas y zalameros— en Mar-a-Lago, ha ignorado la obligación constitucional de pasar por el Congreso (infringiendo la Ley de Poderes de Guerra) para autorizar la contienda. Anunció fuera de la Casa Blanca —donde alguien podría advertirle de su error—, llevado por no sé qué impulso caprichoso, una guerra absurda contra Irán, ataviado impertinentemente para la ocasión con una gorra y sin corbata.
Se hace perentorio, pues, entender al personaje para poder llevar a cabo un análisis del futuro geoeconómico y militar del mundo. Ahora bien, dada la naturaleza errática del susodicho —con arrancadas de caballo y frenazos de burro (algo, probablemente, no ajeno a la corrupción especulativa, como en el caso de los aranceles)—, lo más fácil sería rendirse y considerar que las ocurrencias de Trump son impredecibles, instaurando una especie de «cualquiercosismo» mundial. Pero no es así. Hay algo que guía a las personalidades sociópatas y narcisistas; por no hablar, simplemente, de su condición de psicópata que, aunque no esté registrada como tal en el DSM-5, es un trastorno de la personalidad que no daña al que lo padece, sino a los que le rodean. Aquello que guía a este tipo de personalidades es una autoimagen grandiosa y una voluntad de poder ilimitada, libre de cualquier consideración moral.
Esa voluntad de poder, sin el freno de la ley ni de la ética, encuentra en la Bomba su clímax lógico: el último capricho de quien prefiere borrar el tablero antes que admitir que ha perdido la partida. En la mente del narcisista, si él no puede ganar, nadie merece el mundo. La Bomba ya no es estrategia, es el «borrado» definitivo del adversario que se atreve a no capitular.
Pero toda hybris invoca a su propia Némesis.
Bajo el ruido de las explosiones en Oriente Medio, una fuerza destitutiva está recorriendo los pasillos de Washington con una transversalidad inaudita. No es solo la oposición demócrata; es un movimiento de autoprotección del sistema que agrupa a republicanos de la vieja guardia e, incluso, a figuras clave del propio movimiento MAGA. Estos últimos, que jalearon al personaje por su capacidad de ruptura, contemplan ahora con pavor cómo el «juguete» ha cobrado vida propia y amenaza con incinerar no solo a Irán, sino la estabilidad del orden que ellos pretenden heredar.
La Enmienda 25 ha dejado de ser una fantasía de pasillo para convertirse en la única salida de emergencia. Es el sistema inmunitario del Estado intentando extirpar un órgano que ha mutado en tumor. Nos encontramos, pues, en una carrera frenética de dos botones: el dedo de Trump acariciando el botón de «Reset» nuclear para disciplinar a Persia, frente a la mano de su propio gabinete buscando el botón de «Eject» para incapacitar al hombre que ya no escucha a nadie.
El destino de este «cualquiercosismo» mundial se decide en este pulso entre el narcisismo terminal y la necesidad biológica de supervivencia de una nación. La pregunta ya no es qué hará Irán, sino si la Némesis llegará a tiempo para desactivar al déspota antes de que el «maletín» se convierta en su última palabra.