Ante la actualidad del ataque a Irán por parte de EE. UU. e Israel, podemos decir que sabíamos el dónde pero no el cuándo. La noticia no coge por sorpresa, ya que Trump planteó varios frentes: Groenlandia, Cuba, Irán, etc. Lo imprevisible —la contingencia del déspota, que diría Marc Richir— era cuál sería el frente que atacaría primero.
El carácter intempestivo de este contemplar el escenario que se abre en Irán es que está en juego el dominio de Oriente Medio y, sobre todo, en un marco de guerra comercial, el suministro vital de China y la estabilidad energética de una Europa que, aunque no le compre directamente, quedaría herida de muerte por el colapso del mercado global y el bloqueo del gas qatarí en el estrecho de Ormuz.
Parece difícil que China reaccione; Rusia está concentrada en el frente de Ucrania. Pero hay un dato muy importante: la invasión terrestre de Irán parece descartada, dada su enorme extensión —tres veces la de Francia— y su población —el doble que la de Ucrania—. Además, teniendo en cuenta la gran impopularidad interna de Trump, este corre el riesgo de empantanarse como en Vietnam: en cuanto empezasen a llegar féretros de soldados norteamericanos, la población se le echaría encima, aumentando la dificultad para la gobernabilidad.
Persia existe desde hace miles de años antes de que existiera EE. UU. y, probablemente, seguirá existiendo después. Así que, en mi opinión, pese a las protestas e insurgencia en Irán, pese a la decapitación del gobierno con la muerte del Ayatolá, y pese a que para algunos la muerte del líder iraní pudiera considerarse una «buena noticia», la población, con su proverbial orgullo nacional, se unirá frente a una agresión extranjera. Es probable que falle el plan de la Casa Blanca de desestabilizar a Irán; es muy posible que resistan como lo hicieron en la guerra contra Irak entre el 80 y el 88, aun con un gobierno debilitado.
Ahora bien, aunque falle el plan de desestabilizar Irán, bastaría con bombardear los petroleros que pasan por el estrecho de Ormuz para darle jaque a China (y, de paso, hacer depender a Europa del suministro estadounidense con un previsible encarecimiento energético). El problema es que China, acostumbrada milenariamente a no salirse de sus fronteras, juega al Go, pero a lo mejor va a tener que empezar a jugar a la occidental: al Ajedrez.
Dejo tres apuntes alarmantes: la capacidad técnico-militar que está mostrando EE. UU. para decapitar gobiernos, la posible crisis energética que puede golpear a Europa, y las consecuencias de golpear, una vez más, el avispero de Oriente Medio.