Cuando en la anterior intempestiva dije que este fascismo neoliberal es peor que el del siglo pasado, alguien pudo pensar que banalizaba el fascismo histórico. Y cuando añadí que “es peor precisamente por lo que se dice que no es tan malo o que incluso no es fascismo”, esa sospecha pudo parecerle todavía más razonable. No es extraño: nos han educado para pensar así.
La idea básica que se extiende hasta la intelectualidad progre (no digamos ya en la conservadora) es que, el populismo de ultraderecha actual, no es verdaderamente fascismo porque el fascismo era iliberal, contrario a la democracia burguesa, y la extrema derecha actual es liberal, es decir, juega dentro del marco de la «democracia liberal». Y así tenemos autores de la progresía inane que no aciertan a ver fascismo en la ultraderecha actual. De ahí que se hable de posfascismo (Traverso), de populismo de derechas (Mouffe), o de una deriva autoritaria que no sería fascista en sentido histórico (Urbinati, Müller, Mudde, Finchelstein…).
Pero todo este malentendido se debe a la gran estafa del capitalismo: el liberalismo y su posterior degeneración en el neoliberalismo. La idea de que el gran valor de la libertad de los individuos está inexorablemente asociado, no se sabe muy bien por qué, a la libertad de mercado y del capital (que mejor habría que llamar impunidad). Nos repiten con un mantra hipnótico y machacón, que la libertad implica «liberalismo económico» y viceversa. Antiguos pecados capitales como la avaricia y vicios como el egoísmo pasan a ser virtudes que redundan, por no sé qué milagrosa «mano invisible», en el bienestar de todos.
Es decir, la libertad del dinero, que es la esclavitud del ser humano, que es el sálvese quien tenga, que hace que no haya igualdad de oportunidades ni justicia social, que permite la dominación de una mayoría de trabajadores precarizados por parte de una minoría de rentistas y especuladores privilegiados, que es libre circulación de capitales pero no de personas, ese sometimiento, paradójicamente, es el que hace posible la llamada «democracia liberal». Esa paradoja no es tal, es un burdo engaño: el neoliberalismo es la forma definitiva del fascismo pues viene disfrazada de libertad. No es casualidad que el primer país propiamente neoliberal fuera la dictadura de Pinochet.
Y una vez que aceptas ese engaño, lo demás viene solo: cualquier poder que se declare “liberal” (en economía) puede presentarse como “democrático”, aunque esté preparando el cierre de la democracia (las últimas urnas). Y cualquier regulación del mercado es «camino a la servidumbre», que diría Hayek.
Decir “fascismo neoliberal” no es hipérbole ni banalizar el fascismo histórico. Si por fascismo entendemos el ultranacionalismo excluyente, la fabricación del enemigo interior, el racismo, el hostigamiento de los grupos más vulnerables, la persecución de los movimientos de izquierda/sindicalismo, el acoso a los medios no afines, el culto al mando, la naturalización de la violencia (escuadrismo), la aspiración a neutralizar o suprimir la oposición real, las tendencias antidemocráticas y golpistas (Capitolio en EEUU, los ataques a las instituciones en Brasilia, lawfare y mediafare), entonces se ve con claridad que lo que está comenzando es una nueva forma de fascismo 2.0. Lo que suele discutirse es el adjetivo “totalitario”. Pero esa resistencia timorata a reconocer en el presente el proceso totalizante del fascismo neoliberal sólo consigue frenar la reacción necesaria ante la cancelación de la democracia que, si bien, no está consumada, se consumará si no cambiamos de enfoque: el fascismo del siglo XX también fue progresivo.
De lo dicho al comienzo toca ahora la parte más escandalosa, más difícil de sostener: por qué este fascismo puede ser peor que el anterior. Desde luego no porque sus efectos sean, hasta ahora, más criminales y sangrientos: es muy difícil superar el holocausto. Sino porque es incluso peor para sus adeptos, es decir, para las masas que lo apoyan. El fascismo del siglo XX, siendo criminal, tenía un problema político que supo resolver: necesitaba seducir a “los suyos” (frente a los otros excluidos), ofrecerles un relato de grandeza, una comunidad imaginaria (aria, nacional-católica o romana -nuevo hombre), una épica de futuro, incluso ciertas apariencias de protección social. Su nacionalismo era expansionista: prometía botín compartido, obra, destino.
El fascismo neoliberal, en cambio, no promete un futuro mejor: promete ajuste. No promete integración: promete competencia. No promete comunidad: promete la «ley de la jungla». Su nacionalismo no es épica de expansión sino repliegue resentido y autárquico; su “revolución” es en realidad una contrarevolución, no es una construcción, es una motosierra. Y su programa real, aunque se disfrace de libertad, consiste en un latrocinio masivo, exigir más esfuerzo y sacrificio a los trabajadores para sostener privilegios a los rentistas que exprimen a dichos trabajadores: una vampirización legal de la mayoría. [Es cierto que, dados los recientes acontecimientos en Venezuela, alguien puede pensar en un nuevo expansionismo nacionalista de EEUU, pero no es más que el pataleo del imperio que cae ante la hegemonía económica de China y los países emergentas. No es un expansionismo nacionalista que redunde en beneficio de los estadounidenses, se traduce en petróleo y recortes fiscales para Trump y amiguetes, pero en precarización y fentanilo para el pueblo. A la larga se traducirá en un problema de gobernalidad para «el rey naranja».]
Por eso es peor para el pueblo y, a la vez, más inestable: porque gobierna contra la vida cotidiana de casi todos. Y un poder que gobierna contra la mayoría solo tiene dos caminos: o se vuelve tiránico con rapidez -para imponer lo que ya no puede convencer- o cae cuando la propaganda choca con la desposesión real, la nueva depresión. Ahí está la grieta que debemos abrir: convertir el descontento en organización, y la organización en hegemonía cultural. Desfascistizar el mundo no es un eslogan: es una necesidad.