Diario

Lunes 13-7-2020

El tímido, o digámoslo ya, el neurótico, se siente como una impertinencia ontológica. Su sentimiento de inadecucación es antiguo, suele acompañarle desde temprana edad, no entiende el sujeto todo el tumulto que le rodea. Todo el aplomo del mundo adulto, sus gritos, deshinibición e impune irreflexividad. No obstante, es el tímido, en su prudencia, quien se siente fuera de lugar. Más tarde, demasiado, se dará cuenta de que en realidad hay algo que no encaja en el comportamiento general: hay una extraña duplicidad entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se aparenta y lo que se es.

Para un tímido, una típica experiencia infantil es la de una serie de adultos que se agachan sobre él o ella, comportándose como imbéciles que se dirigen a otro imbécil. Aunque ésta debe ser una experiencia universal no todo el mundo lo sufre como una intrusión igualmente intensa.

El tímido, en tanto que neurótico, y por tanto, pequeño loco, padece la misma maldición (semejante a la de Casandra) de todas las razas de locos, a saber, albergar un pequeño pedazo de verdad incómoda, que resulta invisible a la mayoría de los «cuerdos». La mente-tímida tiene muchas verdades que ofrecer a una sociedad enloquecida como la nuestra.

Publicado por posposmoderno

Dada mi timidez nada tengo que contar sobre mi.

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